Finales de noviembre de 1994. Almuerzo dominical en familia, con mi
abuelo Caco como anfitrión y un panorama prometedor pensando en que después
podría jugar con la tropa de primos. Todo transcurría normal hasta que apareció
mi tío Carlos, el tío joven de la familia, vestido completo de Colo-Colo:
camiseta, gorro y banderín.
Era, lejos, el hincha más fanático del Cacique que
conocía.
Por supuesto, ya tenía su entrada comprada para el partido de esa tarde
entre Provincial Osorno y el cuadro capitalino, que a esa altura del torneo ya
se había despedido de la pelea por el título y se preparaba para la liguilla de
la Copa Libertadores. Me invitó al estadio. Entraba gratis por ser niño.
Yo lo que más quería era estar ahí, pero tenía una duda que me carcomía:
¿realmente iba a pasar gratis? A mis 11 años, y con un notorio sobrepeso
producto de haber cambiado las pichangas por el Nintendo, pensaba seriamente
que me iban a pedir entrada. Mi suerte dependería exclusivamente de quién
estuviera cortando boletos.
Mi familia, en su gran mayoría, era colocolina. Yo también lo era… a
medias. Seguía a Colo-Colo en Primera y a Provincial Osorno en Segunda. Pero
ahora que ambos estaban en la misma categoría y se enfrentaban, algo era
inevitable: tenía que tomar una decisión.
Por un lado estaba el equipo que ganaba títulos nacionales e
internacionales.
Por el otro, el equipo de mi ciudad, el que me había regalado
las alegrías gigantes de los títulos de 1990 y 1992, y el que podía ver domingo
por medio en el estadio.
En la lata del cerco del patio de mi casa había un marcador escrito
desde 1990, recuerdo de pichangas improvisadas. Por un lado decía Colo-Colo vs
Católica. Por el otro, Provincial Osorno vs Rangers.
Eran dos dimensiones paralelas que ese domingo se encontraban. Nada
podía seguir igual. Ya no podía alentar a los dos.
La noche anterior había estado recibiendo al plantel de Colo-Colo en el
Hotel Rayantú. Ese mismo domingo por la mañana había acompañado, junto a mis
amigos del barrio, la caminata matinal del Diablo Etcheverry, Marcelo Ramírez y
un Jaime Pizarro que caminaba leyendo El Mercurio abierto, como si nada.
Mi tío me llevó al estadio convencido de que yo iba a hinchar por el
equipo de la capital.
Pero… ¿qué iba a pasar una vez adentro?
Llegamos al estadio. Las clásicas filas largas de dos cuadras, típicas
de los partidos contra los grandes. Los colocolinos eran mayoría, fácilmente un
70 a 30, y la barra visitante metía bulla desde temprano.
Llegó el momento clave: el ingreso.
Mi tío era tan carismático que nadie se iba a atrever a pedirle entrada
al niño que iba al lado. Pasé como si nada.
Y ahí estaba: feliz, sentado, esperando el pitazo inicial.
Nos ubicamos en zona de hinchas albos. Incluso había una barra con
nombre propio, liderada por una señora mayor y gritona. Yo estaba fascinado con
la previa. Cuando por los parlantes del estadio sonó el himno del Mundial del
62 y llegó la parte del “gol, gol de Chile”, la barra visitante se fue con todo
contra la reja, como si fuera un gol de Colo-Colo.
Ese mismo día se celebraban las elecciones para presidente del cuadro
popular. Mi tío rayaba la papa con Dragicevic, soñaba con que reemplazara a
Menichetti, seguramente influenciado porque el equipo no iba puntero. El
colocolino, desde chico, es exitista.
Por los parlantes del estadio anunciaron los resultados. Fue paliza.
Nuevo presidente, con casi el 75% de los votos.
Los colocolinos en el estadio lo celebraron como un gol.
Provincial Osorno nunca le había ganado a Colo-Colo. Se habían
enfrentado en la Copa Digeder de 1989 y en los campeonatos de 1991 y 1993. A
eso se sumaba que los Toros no ganaban en el torneo desde mayo: más de seis
meses sin sumar de a dos puntos.
En resumen, los albos eran amplios favoritos esa tarde.
Pero empezó el partido… y el protagonista fue el cuadro local.
Primero, un golazo de Rolando Azas, tras una jugada salida de
laboratorio. Imposible no gritarlo con el alma.
Después se sumaron José Ortega y Jorge “Pindinga” Muñoz.
Era una fiesta en el Parque Schott.
Y, por primera vez, los hinchas osorninos se escuchaban más fuerte.
El descuento de Colo-Colo lo anotó un joven Héctor tito Tapia, que por
esos días tenía apenas 17 años.
Osorno se alejaba del descenso directo.
Mi tío no lo podía creer.
Se sintió traicionado por su sobrino, a quien incluso acusó con el resto
de la familia a la hora de once.
Yo, en cambio, estaba feliz.
Ya podía decirlo sin dudar: soy de Osorno.
Se había comprobado en la cancha.
Eso sí, nunca más volví a recibir invitaciones de mi tío para ir a ver a
Colo-Colo al Parque Schott.
Al día siguiente, el diario tituló: “A lo grande”.
Era el triunfo que salvaba una campaña complicada.
Al final del campeonato, Provincial Osorno mantendría la categoría tras
derrotar a Fernández Vial en la liguilla de promoción. Colo-Colo, en cambio, se
quedaría sin título y sin Copa Libertadores, al terminar último en la liguilla
que clasificaba a ese torneo.
Para mí, en cambio, ese domingo había definido algo mucho más importante
que una tabla de posiciones.
Había quedado clara, para siempre, mi pasión.
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