Antes de hacer una carrera exitosa y reconocida mundialmente como director técnico en el extranjero, Manuel Pellegrini era conocido en Chile por dos cosas: haberse ido al descenso con la Universidad de Chile en 1988 y por no haber salido campeón con Universidad Católica en las temporadas 1994 y 1995.
Y eso que en esos años los cruzados tenían un plantel estelar, digno de una liga distinta a la chilena, con Nelson Gorosito y Alberto Acosta como principales figuras. Lamentablemente para la UC, en ambos campeonatos fue la Universidad de Chile la que terminó levantando la copa, siempre por márgenes mínimos.
Corría el año 1994. Provincial Osorno visitaba San Carlos en la fecha 6 del torneo y yo, con mi radio personal a pila, escuchaba nervioso los relatos de una radio santiaguina que se colaba en el dial local.
La radio había sido un regalo de Navidad con un objetivo claro: intentar eliminar uno de mis sentidos futboleros. Mis padres, preocupados por la locura que se apoderaba de mí viendo partidos por televisión, pensaron que escuchar fútbol sería menos intenso.
Claramente, el efecto no fue el esperado.
Volviendo al partido, la UC llegaba como líder del torneo, con cinco victorias en cinco partidos. Pero desde el inicio se vio sorprendida por el planteamiento de los Toros: ordenados para defender y sin levantar el pie del acelerador para atacar. Tanto así que, a los dos minutos, José “el Negro” Ortega estrellaba un balón en el palo, provocando la primera pataleta… a casi 900 kilómetros de distancia.
Sería el mismo Ortega quien abriría la cuenta a los 67 minutos. La alegría, eso sí, duró poco: apenas dos minutos después Luka Tudor puso el empate. Tras el pitazo final quedó la sensación clara de que los cruzados habían sacado el partido barato.
Yo, en cambio, lo celebré como un triunfo.
Ese partido tuvo una particularidad inolvidable: ambos equipos jugaron con camisetas de la UC. El árbitro consideró que la indumentaria de Provincial Osorno era muy parecida a la del local, por lo que los Toros tuvieron que usar la camiseta alternativa roja… de los propios cruzados.
Para la revancha, en la fecha 21 en el Parque Schott, el escenario era muy distinto. Los Toros llegaban con una racha horrible: siete partidos sin ganar, seis de ellos derrotas, incluida la goleada 7-2 recibida en Calama la fecha anterior.
A pesar de todo, ahí estaba yo, tres horas antes del partido, haciendo la fila para entrar al estadio.
Estos eran los partidos donde Osorno se crecía. Había fe. Y no fue la excepción.
Ante un estadio lleno, Ortega y Ugarte manejaron el partido a su antojo, sin demasiada profundidad, pero con autoridad. El paraguayo Azas no perdonó en la que tuvo y abrió la cuenta. Más tarde, aunque el Beto Acosta puso el empate, el resultado final volvió a ser el mismo de la primera rueda: igualdad.
La UC nuevamente enredaba puntos ante el cuadro osornino.
Los Toros jugaban de igual a igual contra el líder, demostrando con orgullo que merecían seguir en Primera. Me fui del estadio convencido de que así sería.
En resumen, ese 1994 —el último año en que las victorias valían dos puntos— la UC enredó dos puntos en total frente a Provincial Osorno. Y conviene recordarlo: ese campeonato lo perdió por un solo punto ante la U.
Provincial Osorno, por su parte, lograría la permanencia tras ganar la liguilla de promoción ante Fernández Vial.
En 1995, el primer duelo entre la UC y Provincial Osorno no se dio hasta la fecha 13, nuevamente en el Parque Schott. O el “Fango Schott”, como se escuchó ese día desde la capital. El barrial era el ya característico del invierno osornino.
Yo estaba otra vez en galería, junto a mi tío, agradecido de que el estadio ya estuviera casi completamente techado, porque la lluvia caía sin misericordia.
Los cruzados, si ganaban, quedaban punteros por sobre Colo-Colo, así que salieron con todo. El partido fue de ida y vuelta, friccionado, con una cancha jabonosa que no ayudaba mucho al fair play. }
Provincial Osorno era más. Y lo capitalizó antes del descanso: centro de Burella y pepa de Víctor Monje.
El segundo tiempo comenzó igual que terminó el primero, con los Toros como protagonistas. A la mitad del complemento volvió a aparecer el paraguayo Azas. 2-0 para los locales.
Desde ahí en adelante, el Provi empezó a cuidar el resultado. Y entre eso y los cobros de Salvador Imperatore —muchos dudosos y otros derechamente mala leche— el equipo se fue metiendo cada vez más atrás.
A nueve minutos del final, Barrera puso el descuento. El nerviosismo se apoderó de las más de 10.000 personas que llenaban el estadio.
Los gritos de “ladrón” salían desde lo más profundo de cada hincha ante cada cobro dudoso. La tensión explotó cuando el tiempo agregado fue claramente excesivo. Incluso el Loro Morón se lo recriminó al árbitro en la cancha, sin cuidar demasiado su vocabulario, y terminó expulsado.
Lo anecdótico vino después. Cuando Morón se sacó su embarrada camiseta multicolor, debajo llevaba una polera blanca con el escudo de Colo-Colo. Mucho no se le podía reclamar: Provincial Osorno era su primer club tras dejar al Cacique, donde lo había ganado todo, incluida la Libertadores.
Con los tres cambios ya hechos, Francisco Hormann tuvo que ponerse al arco.
El partido terminó 2-1 para los locales.
La alegría del triunfo no alcanzó a tapar el odio hacia Imperatore. Los aplausos a los jugadores se mezclaban con los insultos al árbitro. Incluso volaron botellas. Y no botellitas de bebida: botellas grandes de pisco, probablemente Capel o Control, porque en esos años no había muchas más opciones.
En la segunda rueda de ese 1995, la UC finalmente le agarró la mano a los Toros y los venció por 5-1 en San Carlos. Pero para Pellegrini ya era tarde.
Los puntos enredados en el Parque Schott volvieron a costarle un título ante la U, que terminó dos puntos por encima de los cruzados.
Provincial Osorno cerró el torneo en el lugar 11, dejando buenas sensaciones, las mismas que al año siguiente lo llevarían a un histórico sexto puesto.
Por otro lado, en esos dos años la Universidad de Chile tuvo totalmente tomada la medida a los Toros: global 10-1 en 1994 y 6-2 en 1995, con Marcelo Salas marcando ocho goles en esos cuatro partidos.
Una historia muy distinta a la vivida frente al equipo comandado por Manuel Pellegrini, quien probablemente no guarda al Parque Schott entre sus estadios favoritos.