Siempre me he cuestionado hasta
dónde llega mi fanatismo por Provincial Osorno en comparación con el que siento
por la selección chilena. Hubo un tiempo en que me salía natural decir, casi
sin pensar: “prefiero que Osorno gane el título de Primera División a que Chile
sea campeón del mundo”.
Hoy ya no me resulta tan fácil
decirlo.
No porque ahora la Roja sea
favorita para ganar una Copa del Mundo, ni mucho menos, sino porque con la
Generación Dorada soñar fue gratis. Hoy, en cambio, ni cerca de clasificar a un
Mundial estamos, y la comparación vuelve a incomodar.
La división entre una región y un país se da en varios lugares del mundo. En España, por ejemplo, ocurre con Cataluña y el País Vasco, donde muchas personas sienten su región como algo más importante que el propio país. En esos casos, la selección nacional no los representa y se reniega de títulos, símbolos y triunfos.
Lo mío, claramente, no va por
ahí.
Es algo mucho más anecdótico,
casi absurdo, nacido de la necesidad de comparar todo. Y hubo una oportunidad
única en que esa comparación se volvió real.
La experiencia más cercana a un
Provincial Osorno versus Chile se dió en octubre de 1996.
La selección chilena, dirigida
por Nelson Acosta, se preparaba para un partido de visita ante Paraguay. Como
parte de esa preparación, enfrentaría a una “selección del sur”, compuesta por
jugadores nacionales y dirigida por el técnico de Provincial Osorno, el
trasandino Óscar “Cacho” Malbernat.
El partido se jugó en Concepción.
Por esos días, Provincial Osorno
tenía un plantel estelar. No hay que olvidar que 1996 fue la mejor campaña en
la historia del club, con un increíble sexto lugar en Primera División. No era
extraño, entonces, que varios jugadores taurinos integraran esa selección
sureña: Ítalo Díaz, Luis Medina, Jaime Aguilar y Marcelo Corrales.
Imagínense si además se hubieran
sumado los argentinos Javier Sodero, Mario Vanemerak, José Luis Díaz y Pedro González Pierella.
El partido generó expectación.
Más de 20.000 personas llegaron al Estadio Ester Roa. Muchos de ellos se irían
con la ceja levantada… y otros derechamente sorprendidos.
A casi 400 kilómetros de
distancia, yo estaba con la radio del comedor a todo volumen. Hinchando por la
selección del sur.
O, siendo honestos, hinchando por
los jugadores de Provincial Osorno que vestían esa camiseta.
El partido fue una decepción para
los fanáticos de la Roja y una alegría inmensa para hinchas de ese tipo
fanático, casi enfermizo, de sus clubes. De esos como yo.
El equipo sureño pasó la
aplanadora sobre la selección nacional. Los jugadores osorninos fueron figuras.
El 2-0 final se construyó con goles de Luis Medina, a los 33 minutos del primer
tiempo mediante lanzamiento penal, y de Marcelo Corrales, que en el minuto 40
del segundo tiempo se adelantó a toda la defensa chilena.
Tras el partido, los jugadores de
la selección chilena le bajaron el perfil al resultado. Frases como “era solo
un amistoso” o “un partido sin mayor importancia” se repitieron en los
micrófonos.
Pero había algo que estaba claro.
El nivel de los Toros ese año era
altísimo. Tan alto, que varios de esos jugadores perfectamente podrían haber
estado al otro lado de la cancha, vistiendo de rojo, defendiendo a Chile.
Ese día no resolví el dilema
entre Osorno y la selección.
Pero confirmé algo que ya intuía
desde hace tiempo: cuando se trata del club de mi ciudad, la camiseta pesa
distinto.
Y a veces, incluso, pesa más que
la de todo un país.

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